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La izquierda y la moneda europea: cara A y cara B

La izquierda y la moneda europea: cara A y cara B
Ponencia en la cumbre del Plan B,  París, sábado 23 de enero

Cédric Durand

Los errores teóricos en la política se pagan al contado. La izquierda creyó que podía salvar el internacionalismo aferrada a un proyecto europeo llevado íntegramente por bancos y multinacionales. Se llevó un buen golpe. En Grecia, prefirió abandonar su propia política antes que renunciar a cambiar el euro. ¿Qué conclusiones se pueden sacar? Cara A y cara B.

Cara A

Para empezar, hay que meterse ya en la cabeza que la probabilidad de éxito del plan A es microscópica. El plan A es el plan de un buen euro. Todas las villanías del euro  que existen de verdad trazan un vacío sobre lo que sería esta moneda única, convertida en virtuosa: financiamiento monetario de las deudas públicas, construcción de un estado social europeo empezando por un sistema de seguros de desempleo, plan de inversión continental para crear empleo y, por fin, el compromiso con la transición ecológica. En teoría, todo realizable. Pero en la práctica es harina de otro costal.

Contrariamente a lo que afirma mi amigo Frédéric Lordon, no creo que el principal obstáculo del buen euro sea la obsesión anti-inflacionista de nuestros vecinos alemanes. El hecho sigue ahí, indiscutible, pero no es el problema más importante. Para que sobrevenga un buen euro haría falta que las fuerzas sociales progresistas influyan en Bruselas de una vez por todas, en la maquinaria europea. Y eso es simplemente inconcebible por dos razones: la naturaleza de la Unión Europea y la imposibilidad de un pueblo europeo bajo la influencia del euro.

Desde el principio, Europa se construyó ganándose a los medios de negocios. Desde los años 1960 la Comisión, en falta de legitimidad, no deja en paz a las patronales empresariales para una aleación a nivel europeo y da a conocer sus expectativas en esta escena emergente. Después las cosas fueron de mal en peor: es el European Round Table quien impone las cláusulas del Acta Única y plantea sus condiciones en el lanzamiento del euro. En lo más alto de la crisis griega, ¡los lobbies del International Finance Institute irrumpieron en medio de los consejos del Euro grupo! Comercio, competencia, estabilidad monetaria y financiera: los tratados zanjan todo debate europeo a partir de estos decisivos temas para el capital. El empleo, el medio ambiente y los derechos sociales quedan supeditados. Estos temas, totalmente vitales, son las víctimas de una integración negativa, relegados al estatuto de variables de reajuste. Esta irregularidad es la fundadora.

La UE, como maquinaria institucional que es, está unilateralmente de la parte del capital. No podrán cambiar nada los guiños de la Confederación Europea de Sindicatos, ni los asaltos del gobierno progresista por muy fuerte que sea, ni la determinación de los cuidadosos parlamentarios de Estrasburgo. Poco a poco, numerosos obstáculos serán motivo de la decisión del más tenaz de los reformadores. ¡Más vale transformar una iguana en un unicornio! No habrá lugar para la Europa social y del buen euro. A menos que…

A menos que el pueblo europeo no fuerce el destino, por supuesto. Que vuelva a fundar Europa en un momento que sea heroico. Rigurosamente, esta hipótesis no puede ser descartada. Si el “nosotros del pueblo” surge en Europa con motivo de un poderoso movimiento social europeo o de una serie de victorias electorales de la izquierda o, todavía mejor, de una mezcla de las dos. En ese caso, seguramente, la situación podría cambiar de manera radical. Nada puede resistirse al poder popular. Ni siquiera la Comisión Juncker y la BCE de Draghi. Desgraciadamente, sin un presupuesto federal, la zona euro sigue creando una atracción en el continente: cuando los salarios suben en España se estancan en Alemania, y cuando remontan poco a poco en Alemania se sumergen en Atenas. ¡Cómo íbamos a imaginar que la subjetividad política se pueda confluir en un contexto así! Sobre todo que la moneda única, lejos de hacer converger los ahorros, incrementa los desequilibrios y agudiza las especializaciones productivas. Para conformar un pueblo los ritmos sociales deben sincronizarse. Toda la lógica del euro se opone a esto.

Cara B

Entonces, necesitamos un plan B. Los detalles de ese plan B sólo pueden ser resultado de un análisis minucioso de una situación concreta. Esto cambia ligeramente el hecho de que el honor de ponerlo en práctica pase a manos de los compañeros de Die Linke o a las de Podemos e Izquierda Unida, a las de Izquierda Unida eslovena o a nuestros valiosos amigos luxemburgueses de La Gauche (“La Izquierda”).

Propongo centrarme en dos perfectos ejemplos: un pequeño país de los alrededores –como Grecia, Portugal, como mucho España, y un gran país del centro, básicamente Alemania o Francia.

En el caso de un pequeño país de los alrededores, ya sabemos a qué atenernos gracias a Grecia. La rendición del 13 de julio del 2015 quitó definitivamente la ilusión -¡loca, cuando pensamos en ello!- por la cual un gobierno de izquierdas aislado estaría en condiciones de ablandar a los hombres de las finanzas. ¿Os imagináis al ex–Goldman Sachs Mario Draghi, encubridor del fraude fiscal Jean-Claude Juncker y a la endurecida banda neoliberal del euro grupo dejarse convencer por Yannis Varoufakis?  Desgraciadamente no está muy claro que este espejismo esté tras nosotros. En poco tiempo, los colegas portugueses que hoy apoyan el gobierno social-demócrata van a encontrarse con un dilema parecido al de Syriza: sin salida de la UE, sin recuperación económica ni justicia social. El problema será inflexiblemente el mismo para los compañeros de Podemos y de Izquierda Unida si acceden a los asuntos.

Una salida, si es posible negociada, de la Unión Monetaria es la única solución para los países de los alrededores. Un camino con baches, indudablemente, pero no obstante es una escapatoria. La creación de una nueva moneda, significativamente devaluada, la nacionalización del sistema bancario, el establecimiento de un control de capitales y una moratoria sobre el pago de la deuda pública constituyen la base de una política económica alternativa. Sin eso nada es posible. Es la condición indispensable para soltar los márgenes de maniobras macroeconómicas y políticas. El punto de paso obligado para que la izquierda radical de los asuntos esté a la altura de su ambición: ofrecer un billete de sólo ida al There is No Alternative de Margaret Thatcher en el vertedero de la historia. Por supuesto, la retirada del euro es sólo un punto de partida. A partir de ahí queda trabajo que hacer para crear una sociedad justa, sostenible y solidaria.

Hablemos ahora de un gran país del centro, es decir de un país con un cierto peso político-económico que pueda llevar a considerar su decisión sobre la imposición al resto de países de una moneda única. Es una configuración que posibilita no sólo ganar los márgenes de maniobras nacionales, sino también transformar el diseño monetario y financiero del conjunto de la Unión. Pues, si la salida de prisión de los pueblos que configuran el euro es aquí igual de válida, no basta con ella sola. Las consecuencias para los otros países exigen hacer otra propuesta de pacto monetario para el continente.

Lo bueno es que ya está casi todo inventado. Lo principal ya se pensó y se escribió a partir de los años 1990, incluso antes de que existiera la moneda única, por Suzanne de Brunhoff.

Suzanne de Brunhoff fue una importante economista marxista fallecida el 12 de marzo del año pasado. Especialista en cuestiones monetarias y financieras, puso su autoridad en estos temas durante el último cuarto del siglo veinte. Para preparar esta intervención, volví a leer su contribución en la obra colectiva consagrada a la Moneda Única, publicada en 1997, y titulada “El euro, un compromiso para la Europa mercantil”. Esta obra posee una lucidez asombrosa. Es inmune al paso del tiempo, hasta 20 años después. Predice, inquietantemente, las aporías de la moneda única y traza un esbozo de nuestro famoso plan B.

Sobre aporías, De Brunhoff escribió: “La obligación monetaria sin contrapartida política agravará la presión del mercado sobre los salarios europeos: un “libre mercado del trabajo”, (…), conlleva la crecida de la tendencia que considera el trabajo una mercancía, un factor de producción sin derechos sociales concretos”. En resumen, sin un mecanismo de reajuste por los tipos de cambio y sin un presupuesto federal que sirva de amortiguador, el ritmo irregular del desarrollo económico sólo puede aceptarse con ajustes en los salarios y en los gastos públicos. El resultado está ahí fuera. El mismo Mario Draghi anunció en una entrevista para el periódico Wall Street el 23 de febrero del 2012: “El modelo social europeo está acabado”.

De Brunhoff se adelantaba con un segundo argumento, más original, del que hoy tenemos que lamentar su precisión: “Una moneda única en un espacio europeo sin Estado se mostrará independiente de las reivindicaciones que surgirán en las fronteras nacionales, sobre las que ejercerá presión desde lo alto”. Se debe añadir que con las luchas sociales que fracturan los Estados “se llegaría a un agravamiento de las -ya fuertes- tensiones nacionalistas o regionalistas”. He aquí cómo la moneda única prepara la llegada de la extrema derecha.

El plan B de Brunhoff era el de una moneda común. Y es el que me parece más adecuado en los tiempos que corren. Una izquierda ganadora en alguno de los países del centro debería proponer un desmantelamiento solidario del euro y poner en práctica los cinco elementos que se citan a continuación:

  1. Control de capitales para impedir las especulaciones contra las monedas y prohibir el establecimiento de los mercados en juicio de las políticas económicas.
  2. La creación de una moneda europea común, complementaria a las monedas nacionales que serían utilizadas por el Estado para pagar las importaciones y exportaciones entre ellos y con respecto al resto del mundo.
  3. Tasas de cambio fijas y ajustables.
  4. Una sanción proporcionada del superávit y del déficit comercial.
  5. Una conferencia europea sobre la deuda pública para que el nuevo diseño no permita aguantar el peso de los pasados desajustes.

Esta propuesta, inspirada de Bancor e imaginada por Keynes en el período de Bretton Woods, sería hoy en día muy sencilla de poner en práctica gracias al auge electrónico y de tratamiento de la información. Sin apenas sobrecoste burocrático, tendría tres importantes beneficios:

  1. El primero sería retirar el control del sistema financiero de las manos de Bruselas y de Frankfurt y, en consecuencia, autorizar de nuevo el uso de políticas monetarias, presupuestarias y sociales con fines de desarrollo.
  2. El segundo sería la construcción de un cortafuego, con capacidad de frenar las tempestades financieras.
  3. El tercero es imposibilitar las políticas neo-mercantilistas que llevan el desempleo a los vecinos y terminan generalizando la recesión, a fuerza de romper los precios.

La moneda común da la espalda a la Europa financiera y a las sirenas del nacionalismo. Podría constituir la base para una verdadera fraternización del pueblo europeo. Conteniendo la fuerza centrífuga de los mecanismos mercantiles, posibilita una integración selectiva y profunda en el ámbito industrial, tecnológico, ecológico y cultural.

La Europa popular debe dar la espalda a la pérdida de la moneda por las finanzas y las multinacionales. La moneda común comparte la soberanía monetaria. Permite crear una Europa solidaria y próspera.