El gueto de Atenas

Lola Sánchez, eurodiputada de Podemos

Hace unas semanas fui a Polonia, invitada por la Universidad de Cracovia, para explicar el contenido y el estado de las negociaciones del Tratado Transatlántico de Comercio e Inversión entre la Unión Europea y estados Unidos – TTIP.

Así que aproveché y fui a visitar Auschwitz, cerca de Cracovia.

Ver Auschwitz con mis propios ojos fue doloroso, y me provocó una enorme rabia, pero salí pensando que algo como aquello no volvería a pasar, al menos no en el corazón de Europa y en ningún otro lugar con tal escala de crueldad.

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Llegué a Atenas directa desde Polonia, sólo un día después.

Estaba en la terraza del apartamento que alquilamos, ya entrada la noche, cuando un hombre comenzó a gritar amargamente desde algún balcón. Hablaba en griego, por lo que no podía entender lo que decía, pero realmente no hacía falta. Estaba enfadado, desesperado, triste, absolutamente desesperanzado. Lloraba hacia el cielo, en voz alta pero lentamente, con la voz rota intentando aguantar las lágrimas.

Repentinamente, Atenas, y toda Grecia, se apareció ante mis ojos como un enorme campo de concentración, como un enorme gueto.

La situación en Grecia recuerda a los fascismos del siglo XX. Poblaciones, como la polaca, sometidas a los dictados de poderes externos y no elegidos, agresivos y sin piedad; poderes que valoran la vida humana menos que un bono del Estado: una perversa escala de valores, una ausencia absoluta de empatía y de humanidad, tal y como nos mostraron aquellos fascistas del siglo pasado.

Hoy día en Europa, el mecanismo para poner de rodillas a la gente no es la violencia física sino la económica. Los tanques han sido reemplazados por primas de riesgo y los ataques aéreos por deudas imposibles de pagar.

Pero el fascismo económico es también una puerta al fascismo político.

La austeridad impuesta es una estrategia implacable para desmantelar los Estados de Bienestar, que es el principal escudo contra las desigualdades, desequilibrios y consecuencias injustas producidas por la economía de mercado. Cuando perdemos ese escudo protector se rompen los acuerdos sociales, y abrimos la puerta a la ley de la selva.

La pobreza y la desigualdad generalizadas, aplicadas a la fuerza sobre una población a través de oscuras -y a veces secretas- decisiones económicas, avivan la llama de la rabia y la desesperación, que pueden llevar fácilmente a abrir el camino de las ideologías del odio, como la Neo-Nazi de Amanecer Dorado.

Pero el caso de Grecia es aún más estremecedor, pues la gente habló hace ya unos meses en las urnas, expresando alto y claro que no quieren -ni pueden- soportar más esta situación. Se hace aún más impactante siendo Grecia la madre de la Democracia. Luego, estos terribles ataques son un aviso a cualquier democracia europea que ose oponerse a la ideología neoliberal dominante.

En un inquietante giro, los poderes económicos no democráticos hacen suyo el poder político democrático. Y esto sucede porque nosotros, los votantes, los ciudadanos, quienes ostentamos la soberanía, hemos delegado el poder por demasiado tiempo a unas élites políticas que se han sentido libres del control popular. Hemos dejado un hueco entre nosotros y nuestros representantes, un espacio vacío que los poderes económicos han llenado, haciendo que los políticos y las instituciones trabajen para ellos.

Son ellos quienes dictan las políticas públicas, con la finalidad de privatizar beneficios y socializar pérdidas. Son ellos los que llevan a cabo transacciones de alto riesgo, jugando al casino con los Estados, con los alimentos o con el medio ambiente, sabiendo que gracias a esta colusión con el poder político, pueden contar con el respaldo de la población para hacer frente a su infinita avaricia, si la cosa sale mal. Se comportan sabiendo que nunca van a perder.

La semilla del fascismo está sembrada.

La izquierda europea tiene una enorme responsabilidad a la hora de parar esta escalada. Si fallamos a la gente, vendrán detrás  otros movimientos peligrosos, e intentarán utilizar el enfado de la gente para llevárselos a su lado, el lado más oscuro, dañino e inhumano de nuestra especie.

La izquierda europea está en pie contra esta deriva, pero además, sólo nosotros tenemos respuesta a las necesidades reales de la gente. Somos los únicos cuya prioridad son los Derechos Humanos. La gente nos necesita, nosotros les necesitamos, pero para ello no podemos fallarles.

No podemos dejar a aquel hombre solo y gritando al cielo. Nos necesita, pero nos necesita ya. Y necesita creer en la Democracia, porque para él, Auschwitz no está tan lejos.